Este es un proyecto social que trata de generar nue¬vos espacios de encuentro al margen de la mercantilización generalizada. Frente al individualismo y al mercado, creemos en la necesidad de construir lugares de intercambio en los que compartir resistencias a la globalización. La actividad de Cambalache se organiza a través de diversas líneas de trabajo: comunicación, ecología, feminismo, inmigra¬ción, salud. Nuestra intención es que los materiales editados sean un complemento de nuestros espacios de formación y de nuestras prácticas sociales, un medio y una herramienta para llegar a otras personas y colectivos.1ª edición Diciembre de 2006
Edita:
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ESTE TEXTO comenzó a gestarse este verano, durante el curso coordinado por el Grupo de Inmigración de Cambalache con el título África: el otro lado de la valla. La realización de dicho curso y, en general, nuestra actividad a lo largo de todo el año 2006 pretende dotarnos de razones con las que enfrentarnos a las múltiples expresiones del racismo, que crece como una manifestación más de la violencia que encierra un modelo económico, social y político basado en la subordinación, la miseria y la muerte de buena parte de la humanidad. Dichas expresiones del racismo son las de la ultraderecha fascista y xenófoba, responsable de asesinatos, agresiones y campañas contra la población inmigrante; pero también es racismo la violencia de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, denunciados permanentemente por la violación de los derechos humanos en los Centros de Internamiento, en las comisarías, en las fronteras europeas; o la actuación cotidiana de los empresarios explotadores de cientos de miles de inmigrantes sin papeles. Las políticas de inmigración aprobadas por el Parlamento español, que niegan derechos sociales y políticos, blindan fronteras y crean las condiciones para la explotación, y el papel de los medios de comunicación, que nos bombardean cada día con miedo e inseguridad, contribuyen asimismo a la extensión del rechazo a la inmigración. Los términos en que se plantea la cuestión en dichos medios de comunicación están a la altura de las políticas española y europea. La inmigración se presenta como un proceso descontextualizado, sin causas ni historia; a lo sumo se alude a la pobreza de los países subsaharianos y al fracaso del desarrollo, como si tal situación no tuviera que ver con nosotros. La narración de las historias de personas concretas, en vez de como punto de partida para la explicación de las condiciones sociales y políticas que generan la miseria de mi
llones de personas, sirve para alimentar el morbo de las audiencias y presentarnos el caos de las sociedades africanas, incapaces de gobernarse a sí mismas. La inmigración es un problema en la medida en que nos afecta. La solución pasa por frenar la llegada de inmigrantes y por ordenar la inmigración de acuerdo a nuestras necesidades, es decir, a las necesidades del mercado. Las miles de personas ahogadas en el océano, la miseria de la que huyen, las asesinadas por los disparos españoles y marroquíes en la valla de la vergüenza de Ceuta y Melilla, las personas abandonadas en el desierto por el ejército marroquí, no son nuestro problema. La imagen que se nos traslada es la de Canarias rebosante de inmigrantes, incapaz de soportar una presión demográfica insostenible. La preocupación por esta avalancha –se manejan datos de la llegada en los nueve primeros meses de 2006 de unas 25 mil personas– contrasta con el orgullo del gobierno canario por haber recibido nueve millones de turistas a lo largo del año 2005, cifra que se pretende superar en este año 2006 con algunos millones más.1 El gobierno de Coalición Canaria ha manifestado su negativa a ser “la guardería de África” y en mayo de 2006 el Parlamento canario solicitó al gobierno español el blindaje de las costas con buques de la Armada, ampliando su radio de acción hasta las cien millas de las costas africanas. La propuesta canaria incluía además su participación directa en el Plan África y el incremento de la ayuda al desarrollo, propiciando “la consolidación del Archipiélago Canario como plataforma base para el desarrollo de las políticas de coopera¬ción con los países de África Occidental”.2 Mediante dicha ayuda se combatiría la pobreza: “o se crea allí una zona de prosperidad o nos invaden veinte millones de africanos”.3 Como veremos en el último capítulo, esta propuesta responde a la concepción de África como el mercado natural para la expansión de la economía canaria. Por su parte, el Partido Popular está utilizando la inmigración como uno de los pilares de su oposición al Gobierno del PSOE. Le acusa de haber provocado un efecto llamada al llevar a cabo la regularización extraordinaria del año 2005, de la que se beneficiaron 577 mil inmigrantes. El resultado, según Rajoy, es la existencia de un millón y medio de inmigrantes irregulares en el Estado español: “El Gobierno, armado de una ideología trasnochada, antigua y ridícula tiró por la calle de en medio. Se lanzó a regularizar masivamente a cientos de miles de inmigrantes y ha convertido a España en una tierra prometida para todo el África Subsahariana”. El PP exige, entre otras medidas, la prohibición por ley de las regu¬larizaciones extraordinarias masivas, la simplificación de los proce¬dimientos administrativos para las expulsiones y devoluciones y la exigencia de la condición legal para empadronarse.4 La inmigración, siempre que sea legal, ordenada y respetuosa con nuestro modelo de convivencia democrática es “una oportunidad formidable de crecimiento”. El PP defiende la necesidad de que la inmigración sea un eje básico de la política exterior de la Unión Europea –extendiendo la prohibición de regularizaciones extraordinarias a todos los Estados Miembros– y la intensificación de las políticas de desarrollo, aunque primando “a aquellos Estados que cooperen en el control de la inmigración ilegal. Es decir, la Unión Europea debe ayudar al que quiera colaborar”.5La respuesta del gobierno español ante las críticas del PP y del Parlamento canario, así como ante la alarma creada por los medios de comunicación, no tiene nada que envidiarles. Por una parte, a través de un mando único y de mayor número de medios y efectivos, ha impulsado una verdadera militarización de las costas canarias y africanas, tratando de implicar a la UE en el fortalecimiento paralelo del FRONTEX.6 El gobierno, complementariamente, lleva a cabo un intenso despliegue diplomático en diversos países africanos, con la intención de llegar a acuerdos de repatriación y de control de las fron¬teras de dichos países. En este incremento de la presencia española en la zona debe enmarcarse la aprobación del Plan África en mayo de 2006, que para el gobierno supone “un hito histórico pues nunca antes España se había dotado de una política global, ambiciosa y al mismo tiempo realista y concreta hacia África Subsahariana”.7 En definitiva, el gobierno defiende que “el futuro de la inmi¬gración no puede ser otro más que el de la inmigración ordenada y legal, de tal forma que la inmigración ilegal no puede tener otro destino que no sea el de la repatriación.”8 José Blanco, portavoz del Gobierno, concreta esta afirmación: la mayoría de inmigrantes sin papeles del territorio español “deberá ser expulsada”, puesto que “el mercado de trabajo no tiene condiciones ahora para absorberlos”.9 Las personas inmigrantes son, pues, una mercancía: fuerza de tra¬bajo precaria al servicio de las necesidades del mercado.Al fin y al cabo, tras el juego electoral que nos muestran hasta la saciedad, ¿en qué se diferencian las políticas de inmigración del PP y del PSOE?. No debemos olvidar el apoyo socialista a la última reforma de la Ley de Extranjería (2003) impulsada por el PP, que agudizaba la política represiva contra el colectivo inmigrante, autorizando a la policía a acceder a los datos del padrón municipal y dificultando aún más el asilo político. Ambos partidos vinculan la inmigración a los intereses del mercado de trabajo. Ambos son responsables de la violación de los derechos humanos10 y de la militarización de la frontera. Ambos han creado las condiciones políticas para que cientos de miles de inmigrantes sin papeles sean explotados sistemática y masivamente. Ambos saben que esa es una de las condiciones para ser competitivos. Y, para ambos, la competitividad de la economía española, es decir, la precarización, la deslocalización, la privatización, la destrucción de la agricultura campesina o la defensa de los intereses de las multinacionales españolas, es central en sus políticas. Es, por tanto, coherente con la trayectoria de ambos partidos, garantes de la globalización capitalista, que el gobierno del PSOE intente convencer al PP para firmar un Pacto de Estado sobre Inmigración que ponga fin a la utilización política de la cuestión. Con este panorama, las palabras del presidente Zapatero, señalando que la inmigración debe resolverse “con la cabeza, pero también con el corazón”,11 son de un enorme cinismo. Es necesario combatir estas políticas y el discurso que las avala. Con este texto pretendemos contribuir a desacreditar la simbiosis entre políticas de inmigración, de seguridad y de cooperación, así como mostrar los intereses neocoloniales que se esconden detrás de la campaña que ha logrado situar el problema de la inmigración como el más preocupante para la sociedad española. El Plan África, presen¬tado como un proyecto global de ayuda al desarrollo del continente africano, es la máxima expresión de los intereses de penetración económica de las multinacionales españolas. Sin embargo, antes de realizar un análisis específico de dicho Plan, debemos dotarnos de un marco de referencia histórico y político que contextualice, por un lado, los procesos migratorios desde el África Subsahariana hacia Europa; y, por otro, que inserte las políticas españolas en el marco del imperialismo ejercido sobre el continente africano. Para realizar este recorrido, hemos decidido estructurar el texto en dos partes. La primera, de carácter más histórico, hará un breve análisis de las relaciones entre las potencias capitalistas y el conti¬nente africano, marcadas por la colonización, el control occidental de los procesos de independencia formal llevados a cabo hace aproxi¬madamente medio siglo y el papel de las instituciones financieras internacionales –FMI, BM, OMC– en la permanente subordinación de los países africanos. Para tratar de concretar este análisis global dedicaremos un capítulo a la crisis de la agricultura campesina en África Occidental, proceso fundamental para comprender la miseria y el hambre en muchos de los países de origen o tránsito de las mi¬graciones hacia Europa. En la segunda parte del texto realizaremos un análisis de la coyuntura política actual. El papel de las princi¬pales potencias capitalistas en la carrera por los recursos africanos desembocará en la crítica del Plan África, expresión de la política española para el continente.
La subordinación histórica de África. INCORPORACIÓN subordinada de las sociedades africanas a los intereses de la acumulación capitalista implica enormes dosis de violencia y destrucción. El comercio de esclavos para alimentar las necesidades de fuerza de trabajo en las plantaciones europeas en América, sobre todo entre los siglos XVII y XIX, es la máxima expresión de esta dominación sobre las poblaciones africanas.1 Es necesario que conozcamos la diversidad de modelos mediante los que se subordina a África, periferia de la periferia, puesto que la crisis africana actual incorpora la herencia de estos modos históricos de explotación, como si de un código genético se tratara. Las actuales multinacionales depredadoras de los recursos minerales del Congo o la sobreexplotación de los ecosistemas agroganaderos de África Occidental son evoluciones de modelos de explotación anteriores. La historia de la colonización nos permite comprender el expolio presente y, a su vez, la situación actual es un punto de apoyo im¬prescindible para la comprensión del pasado.
Modos de explotación de las colonias africanas. En el último cuarto del siglo XIX las principales potencias europeas se reparten el territorio del continente africano en la Conferencia de Berlín (1885). En aquel momento no pretendían realizar una ocupación sistemática y generalizada del continente sino garantizar su control sobre importantes porciones del mismo, ante los futuros beneficios de su explotación. La función de los gobiernos coloniales era garantizar el orden y explotar económicamente determinados enclaves, aunque en una importante medida estas tareas eran dele¬gadas directamente en compañías concesionarias privadas. Se implementaron diversos modelos de explotación económica de las colonias.2 En el África Occidental, el reino de la producción campesina, los gobiernos coloniales transforman progresivamente la orientación de la producción agraria, manteniendo la estructura de pequeñas explotaciones campesinas pero introduciendo cultivos comerciales destinados a la exportación.3 Esta transformación se realiza a través de la incorporación forzada de la población a la economía monetaria, mediante la recaudación de impuestos de carácter personal para el Estado colonial y la creación de nuevas necesidades de productos importados de las metrópolis. La ocupación de los terrenos agrícolas por los cultivos de expor¬tación restringe la superficie de cultivo para la autosubsistencia. Son mayoritariamente los hombres los que son encuadrados en los cultivos comerciales, mientras se produce una erosión de los dere¬chos de propiedad comunales. Esta transformación forzada afecta especialmente a las mujeres, cuya responsabilidad en la producción de autosubsistencia se ve acentuada a partir de este momento. Las mujeres ven restringida su capacidad de producción ante la pérdida de las tierras más fértiles y la carencia del trabajo de los hombres, que muchas veces se desplazan de las comunidades a los lugares de la producción comercial.4 Este proceso origina un importante deterioro ambiental, ya que se reducen los períodos de barbecho y se extienden los cultivos a áreas marginales, lo que tiene como consecuencia el deterioro de los suelos, la desertificación y la deforestación. Es, por tanto, en el período colonial donde podemos rastrear el origen de la sobreexplotación de los ecosistemas en África Occidentillos ingresos por el comercio de los productos de exportación permiten a los gobiernos coloniales costear las infraestructuras de transporte –fundamentalmente el ferrocarril necesarias para facilitar la salida de las mercancías hacia Europa. Sin embargo, en la costa central occidental africana, con un modo de doblamiento más disperso y aislado, no se daban las condiciones para establecer un comercio entre manufacturas europeas y productos africanos provechoso para los intereses de los gobiernos coloniales. Por ello, la financiación necesaria para la construcción de vías férreas y otras infraestructuras, ante la inexistencia de beneficios inmediatos, se realizó mediante concesiones de tierras y derechos mineros a las compañías privadas, dispuestas a “arriesgar” su capital ante la expectativa de grandes beneficios a largo plazo. Tanto en el África Ecuatorial Francesa como en el Congo Belga obtuvieron enormes extensiones de tierras y suculentos monopolios comerciales. Dichas compañías no tuvieron que esperar mucho para cumplir sus previsiones. Entre 1895 y 1905, ante el incremento de la de¬manda europea y norteamericana de caucho natural, las compañías concesionarias del Congo lograron enormes beneficios, a costa de la explotación de la fuerza de trabajo autóctona en condiciones miserables y mediante métodos brutales. Los ingresos coloniales en África Oriental y Central, territorios habitados por poblaciones ganaderas más bien dispersas, dependían del comercio del marfil, que estaba en decadencia. Se promovió entonces la instalación de colonos blancos en las tierras nativas, despojando al campesinado, privatizando la tierra y confinando a la población autóctona en reservas. Los colonos se convirtieron en patrones y organizadores de la mano de obra africana, tomando el papel que en el Congo se había dado a las compañías. El número global de colonos europeos era pequeño y muchas tierras densamente pobladas –por ejemplo alrededor de los lagos Victoria y Malawi– quedaron intactas. Pero allí donde se instalaron las granjas europeas, lo hicieron en las tierras más fértiles. En vez de alentar a las poblaciones africanas a la producción de cultivos comerciales comple¬mentarios a sus cultivos de subsistencia, se les induce, al despojarles de la tierra, a obtener dinero a través del trabajo asalariado en las granjas europeas, en condiciones miserables. La demanda de mano de obra asalariada, también dirigida a la minería, reproduce el patrón de división del trabajo occidental: son los hombres los que se incorporan al mercado de trabajo, mientras las mujeres tienen que asumir toda la responsabilidad de la producción familiar de subsistencia y son utilizadas como mano de obra suplementaria en los períodos en los que se incrementa la demanda de trabajo asalariado.5A medida que los diversos modelos de explotación se consoli¬dan y los gobiernos coloniales obtienen mayores ingresos, estos incrementan sus funciones, comenzando a implementar políticas centralizadas sobre todos los territorios bajo su control, en vez de relacionarse con cada colonia por separado. El gobierno indirecto británico o la política francesa de asociación6 son los dos modelos predominantes en el período de entreguerras; ambos incorporan a las jefaturas tradicionales africanas a sus mecanismos de colonización y desarrollan ciertas políticas educativas, de salud, de desarrollo económico, etc. Estas transformaciones responden a la necesidad de legitimación de los gobiernos coloniales, ya que a partir de la Primera Guerra Mundial comienza a debilitarse la estructura del colonialis¬mo mundial.7 La constitución de un movimiento anticolonialista se verá reforzada por la depresión mundial de los años treinta, que tuvo efectos desastrosos sobre los precios de las materias primas africanas y supuso un importante recorte de los servicios públicos y la administración colonial. La Segunda Guerra Mundial y el papel jugado por los países africanos durante la misma, en el contexto de una Europa enormemente debilitada por la contienda, facilitará el éxito a los movimientos independentistas de masas constituidos en las décadas anteriores.
De la lucha por la independencia a la gestión del desarrollo. La consecución de los procesos de independencia de la mayor parte de los países del África Subsahariana en los años cincuenta y sesenta fue producto de una amplia movilización popular. Las luchas sociales no se basaban en abstractos conceptos de autodeterminación sino en los deseos de obtener y organizar derechos concretos: derecho a la comida, al agua, a la tierra, a la educación, a la salud, a la identi¬dad cultural… En un contexto mundial favorable a los procesos de autodeterminación política y económica de los pueblos africanos –generalización de los movimientos independentistas, Conferen¬cia de Bandung de Países No Alineados, expulsión de los franceses de Indochina, derrota del imperialismo yanqui en Vietnam…–, la independencia implicó un cambio sustancial en las políticas socia¬les, con una significativa mejora de los índices relacionados con el bienestar de las poblaciones.8Sin embargo, la creación de los estados africanos tuvo como consecuencia un proceso de desmovilización popular. En la mayoría de los procesos independentistas, las elites en el poder vieron las luchas populares como un obstáculo para la centralización estatal: “silencio, estamos desarrollando”. La lucha política se redujo a la lucha contra la pobreza. Primero había que desarrollarse y, como con¬secuencia de ello, llegarían los derechos. Los movimientos populares se desactivaron mediante la represión o redirigiendo su atención hacia el aparentemente neutral terreno del desarrollo. Dicha represión y desactivación de las luchas populares no fue ajena al papel de las potencias occidentales. La aparente autonomía de los estados no se correspondía con la realidad, marcada por las enormes determinaciones del capitalismo mundial sobre los procesos políticos, sociales y económicos africanos. Este control ejercido por las potencias capitalistas, fundamentalmente Estados Unidos, aca¬bó con los intentos de desarrollo autónomo, generando, en mayor o menor medida, un único modelo de desarrollo funcional a los intereses occidentales, es decir, inserto de forma subordinada en el capitalismo mundial. Las potencias coloniales promovieron unos procesos de indepen¬dencia fragmentados, impidiendo el fortalecimiento de las nuevas entidades políticas. Frente a las propuestas federalistas de Touré (Guinea Conakry), Nkruma (Ghana) o Shengor (Senegal), Francia promovió procesos diferenciados de cada uno de los países del África Occidental Francesa. Los nuevos estados africanos reprodujeron el modelo colonial exportador de materias primas agrícolas y minerales hacia los países centrales. Aquellos países en los que se podría haber impulsado un modelo de desarrollo diferente, al servicio del bienestar de los pueblos y no de los intereses occidentales, fueron forzados a renunciar a este proyecto: en el Congo el presidente Patrice Lumumba, derrocado inconstitucionalmente, será asesinado en 1961 porque su proyecto de país contradecía los intereses de los Estados Unidos y los países europeos; y entre los años 1965 y 1968 serán apartados del poder la mayor parte de los dirigentes radicales opuestos, en mayor o menor medida, a los intereses occidentales.9 Este proceso supone el debilitamiento político de los países no alineados para afrontar la crisis económica global de los años setenta y sus consecuencias.10
Las relaciones de Europa y Estados Unidos con África después de la Segunda Guerra Mundial. En el último medio siglo la promesa de desarrollo ha sido una cons¬tante en los discursos de los países centrales respecto a los periféricos11 y, concretamente, respecto a los países del África Subsahariana. Pa¬ralelamente a los procesos de descolonización, los Estados Unidos y Europa comenzaron sus programas de ayuda al desarrollo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña aprobó la Ley de Desarrollo y Bienestar Colonial en el África británica (1940), aunque fue una mera declaración de intenciones. Tras el fin de la guerra, gastó 210 millones de libras en planes de desarrollo en el período 1946-1955. Francia inviertió 277 millones de libras en el mismo período. Después de los procesos de independencia, la ayuda al desarrollo en África siguió siendo protagonizada por las antiguas metrópolis europeas y por la Comunidad Económica Europea. Aparte de la ayuda bilateral, sobre todo de Francia y Gran Bretaña, los programas se canalizaban a través del Fondo Europeo de Desarrollo (FED) y el Banco Europeo de Inversiones (BEI). Estos programas proporcionaron, por un lado, energía eléctrica para la industria mediante la construcción de grandes centrales hidro¬eléctricas.12 Dichas industrias estaban mayoritariamente vinculadas al expolio de los recursos africanos para alimentar la verdadera industria¬lización, la de las potencias centrales, que se expandía fuertemente en el período de la posguerra mundial. Por otro lado, la parte principal de la ayuda se destinó a la modernización de la agricultura para respon¬der a la creciente demanda urbana y para incrementar la orientación productiva hacia los cultivos comerciales de exportación. Presentada como la vía para terminar con el hambre en el mundo, la Revolución Verde consistió en realidad en la apertura de mercados para que las empresas agroalimentarias multinacionales colocasen sus productos –semillas, agrotóxicos, maquinaria– en las periferias.13A pesar de las promesas de desarrollo vinculadas al modelo ex¬portador, la participación de los países periféricos en el comercio. La subordinación histórica de África mundial descenderá en la época de la posguerra mundial, provocan¬do el deterioro de su balanza comercial. El poder de negociación de las grandes corporaciones agroindustriales frente al campesinado africano, la enorme productividad lograda por la agricultura nor¬teamericana y europea y su vocación exportadora (protegida además por aranceles y subvenciones), la sustitución de materias primas periféricas que entraban en los procesos industriales por produc¬tos sintéticos o derivados de producciones agrarias cultivadas en los países centrales,14 son algunos de los factores que explican el progresivo descenso de los precios de los productos primarios en relación con las mercancías industriales. No es posible analizar la prosperidad de los centros desarrollados del sistema, el llamado Estado de Bienestar, sin hacer referencia a esta división interna¬cional del trabajo que provocaba el crecimiento del desempleo y el deterioro de los salarios y de las remuneraciones de los productores rurales en las periferias. En 1975 todos los países del Tercer Mundo aprobaron la carta Por un nuevo orden económico internacional, en la que exigían, entre otras medidas, la revisión al alza de los precios de las materias primas. Sin embargo, la crisis global que había comenzado a finales de los años sesenta y la reestructuración del capitalismo que le dio respuesta, profundizaron el intercambio desigual y extendieron la precariedad y el desempleo hacia los centros desarrollados. Una de las respuestas a la crisis fue la deslocalización de algunos segmentos de los procesos industriales, en busca de menores costes salariales o de una regulación laboral, fiscal, sanitaria o medioam¬biental menos estricta. Por ello las fases que se deslocalizaron fueron las más intensivas en trabajo y las más peligrosas y contaminan¬tes.15 Esta deslocalización se concentró en algunos países periféricos (mayoritariamente en el Sudeste Asiático y en algunos países de América Latina) e impulsó la competencia entre los mismos. A partir de los años setenta, el incremento del déficit comercial de los países periféricos no productores de petróleo y la enorme liquidez de los mercados financieros internacionales, ampliamente desregulados, había provocado un enorme aumento de los créditos a estos países, a los que las instituciones financieras como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional invitaron a endeudarse. El resultado, ante el incremento de los tipos de interés a partir de 1979, fue el crecimiento espectacular de la deuda externa, multi¬plicándose por diez entre 1972 y 1981.16 La enorme afluencia de capitales que recibieron los países periféricos en los años setenta, especialmente en América Latina y África, desapareció en la década siguiente. A principios de los años ochenta, el modelo desarrollista de las décadas anteriores había fracasado para África. Mientras los gobier¬nos africanos, aún bajo los efectos de la reciente descolonización y de la crisis estadounidense, denunciaban tímidamente en el Plan Lagos (1981) que la situación era consecuencia de su subordinación a los intereses del capitalismo mundial, el Informe Berg del Banco Mundial fundamentaba la crisis africana en las malas políticas de sus gobiernos. Ante la crisis de la deuda y la presión de los acreedores, los países africanos se ven abocados, en la cumbre de la Organiza¬ción para la Unidad Africana (OUA)17 en Addis Abeba, a firmar un “pacto” con la comunidad internacional: el Programa de Acción de Naciones Unidas para la Recuperación y el Desarrollo Económico de África, 1986-1990 (UNPAAERD).18 Los compromisos de alivio de las ex¬portaciones africanas fueron incumplidos, mientras se produjo la generalización de los programas de ajuste estructural impulsados por el FMI y el BM. Estos programas, que promueven la apertura económica y fi¬nanciera, la abolición de los subsidios y la restricción de los gastos sociales, la privatización de los servicios públicos y la profundización del modelo exportador de productos primarios, generalizaron la miseria en los años ochenta y noventa. Una vez que se implantaron los planes de ajuste estructural, se establecieron, circunvalando a los estados, programas gestionados por ONGS como paliativos ante la extensión de la pobreza. Dicha miseria se ve agravada en el continente africano a medida que el mercado mundial está más integrado y las distintas regiones periféricas entran en relaciones competitivas entre sí. La pesada herencia colonial y poscolonial africana sitúa a la región en una posición desfavorable en relación a otras regiones periféricas, como el Sudeste Asiático, que aprovechan mejor la coyuntura, especiali¬zándose en la producción de determinados productos industriales demandados por el mercado norteamericano. En el contexto de debilitamiento de la demanda mundial de materias primas agrarias, la agricultura africana tampoco puede competir con la producción agraria asiática o latinoamericana. A continuación, analizaremos específicamente las consecuencias de este proceso para las pobla¬ciones de África Occidental. •
Ofensiva contra la producción campesina y el éxodo rural. CUANDO EN EL CAPÍTULO anterior describíamos los diversos modos de explotación del colonialismo, definíamos a la región subsahariana de África Occidental como el reino de la producción campesina. Esco¬gemos esta región para un análisis más específico porque, por una parte, es uno de los lugares de origen de la inmigración africana hacia Europa y, concretamente, hacia España; por otra, el análisis de las transformaciones de las sociedades agrarias del Sahel Occi¬dental2 nos permite identificar las verdaderas causas del hambre y de la miseria.
Las agresiones contra la agricultura de subsistencia y la presión sobre los ecosistemas. A pesar de que hemos asumido, a fuerza de propaganda mediá¬tica, una concepción de las migraciones desde las periferias hacia el centro, en este caso desde África hacia Europa, el caso es que las migraciones internas (o migraciones Sur-Sur) son mucho más importantes. La hambruna que afectó a las poblaciones del Sahel entre 1983 y 1985 provocó que más de diez millones de personas se dirigieran hacia el sur y hacia las principales ciudades procedentes del medio rural. Las instituciones internacionales el diagnóstico de estas hambrunas es sencillo: el hambre es producto de las condiciones climáticas y de la falta de productividad de los modelos campesi¬nos. Sin embargo, este diagnóstico no se corresponde con los datos sobre la producción agraria en el citado período: el descenso de la producción alimentaria no fue generalizado y se produjo sobre todo en países que sufrían conflictos bélicos (Sudán, Chad). Más signi¬ficativo aún que este dato es el de las exportaciones de productos agrarios durante el período de hambruna. Aunque se produjo un descenso respecto a otros años, más de un millón de cabezas de ganado y casi ciento cincuenta mil toneladas de cereales fueron exportados mientras la población se moría de hambre. Para colmo, las importaciones de cereales procedentes de los países centrales para paliar la hambruna, que habían llegado tarde para evitar un enorme número de víctimas mortales, se mantuvieron en los años 1985-86, lo que impidió que las recuperadas cosechas sahelienses encontraran salida en el mercado. Podemos vincular estos datos con el análisis que realizábamos unas páginas atrás sobre el modo de explotación del campesinado en África Occidental. Decíamos que su subordinación se lleva a cabo sin una transformación aparente de la estructura agraria, que se caracteriza por las pequeñas explotaciones. Sin embargo, veíamos cómo se producía la inserción de la agricultura en el mercado y en el modelo agroexportador mediante la introducción de cultivos comerciales destinados a los países centrales. El campesinado africano no comenzó a participar en el modelo mercantil de forma natural. Los estados independientes heredaron de la administración colonial la función de encuadrar política, económica y técnicamente a las campesinas y campesinos, imponiéndoles la modernización y el progreso. Para esta labor contaron y cuentan con el apoyo inestimable de los programas de desarrollo, ligados a la promo¬ción de la agricultura capitalista frente a la agricultura campesina. No son, por tanto, la sequía o la aridez de los suelos las causas de la crisis. La imagen del África Subsahariana como desierto es falsa. Estos territorios han sido ocupados durante milenios por poblaciones que desarrollaron formas originales de relación con los ecosistemas de los que formaban parte, logrando construir prósperas sociedades. El medio físico combina importantes zonas no aptas para la agri¬cultura con espacios ocupados por valles fértiles y caudalosos ríos. Las sociedades tradicionales han practicado la complementariedad de actividades económicas en los sistemas precoloniales: asociación de ganadería, agricultura, pesca, caza… Sin embargo, la implantación histórica de economías mixtas se debilita ante el proceso de especialización productiva. La com¬plementariedad histórica de las llanuras ganaderas del norte y los espacios agrarios del sur desaparece ante la necesidad de desplazar el ganado hacia el sur en busca de alimentos, huyendo del avance del desierto, lo que provoca conflictos entre poblaciones ganaderas y agrícolas. Este avance es el resultado del cambio climático global (producto del modelo de desarrollo dominante) y de la sobreex¬plotación del territorio. Las consecuencias son el descenso de las precipitaciones y de los niveles freáticos de los acuíferos, así como la erosión de los suelos. La presión sobre los ecosistemas es producto de diversos pro¬cesos. Por un lado, de la extensión de los cultivos comerciales; un ejemplo es la progresiva desertización de la cuenca cacahuetera de Senegal. El sobrepastoreo, ante el incremento de la demanda de carne desde las ciudades y para la exportación, es otro de los factores. La deforestación, además de producto de la actividad de compañías transnacionales madereras (Ghana), es provocada por las necesidades energéticas de la población. Las remuneraciones del trabajo campesino enormemente bajas solamente son posibles “porque los campesinos consiguen su subsistencia (cereales, leña, etc.) con su trabajo no remunerado”,3 a costa de la degradación de sus propios ecosistemas. La escasez de leña, fuente principal de energía de los hogares, provo¬ca el incremento del tiempo y el esfuerzo dedicado a su recolección, ac¬tividad realizada por las mujeres. Este proceso tiene como consecuencia el abandono de la elaboración de comidas tradicionales y su sustitución por otras que requieren menos tiempo, así como la concentración de la alimentación en una sola comida diaria, con los problemas nutricio¬nales y de salud que conlleva. La escasez de recursos energéticos limita las posibilidades de obtención de ingresos monetarios de las mujeres rurales en actividades como el procesamiento de alimentos, ahumado tradicional, cerámica… Al pesado trabajo de obtención de energía en forma de leña, las mujeres deben añadir la dedicación de mucho tiempo y esfuerzo al abastecimiento de agua potable, generalmente mediante largos viajes hasta las fuentes, ríos y pozos.5 La explotación de las mujeres campesinas es enorme. Su subordi¬nación se extiende también a la marginación de la enorme sabiduría ecológica que poseen, ligada a sus tareas de producción de alimentos y de obtención de combustible. Su profundo conocimiento de los ciclos agrícolas es desechado por los proyectos de desarrollo, carac¬terizados por la importación de técnicas externas, poco adaptadas a los ecosistemas locales.
Privatización de la tierra, éxodo rural y miseria urbana. La necesidad de pagar impuestos y de comprar insumos obliga a las explotaciones de autosubsistencia a destinar una parte de los esfuerzos a la producción comercial. Los costes de transporte y los enormes márgenes de los intermediarios son otros medios de presión sobre el campesinado, en un contexto en el que la ayuda se dirige a los cultivos comerciales en forma de inversiones, investigación, política comercial y de precios… El endeudamiento de las pequeñas producciones, agravado por el permanente descenso de los precios de las materias primas agrarias, es además una herramienta de disolución de los sistemas tradicio¬nales de propiedad de la tierra, promoviendo su privatización y la proletarización del campesinado. Ello supone el desplazamiento de millones de personas, temporal o definitivo, hacia las explotaciones grandes y mecanizadas como trabajadores asalariados, así como el abandono definitivo del mundo rural camino de las ciudades.6El rápido incremento de la población urbana en los años cin¬cuenta y sesenta del siglo XX es consecuencia del enorme éxodo rural provocado por las políticas anticampesinas. Tanto las medidas de los gobiernos como el carácter de la ayuda exterior acentúan este proceso y la transferencia de recursos del medio rural hacia el urbano: las infraestructuras y los servicios sociales y asistenciales se concentran en las ciudades, así como la ayuda alimentaria y la ayuda al desarrollo. Los beneficios agrícolas y ganaderos de las elites también son desviados hacia las inversiones urbanas y el consumo de lujo. Incluso las solidaridades familiares entre las clases populares implican un flujo de recursos del medio rural hacia los emigrantes recién llegados a la ciudad, generalmente en forma de alimentos.7La creación de una cierta infraestructura urbana y de servicios públicos será frenada y deteriorada como consecuencia de los pro¬gramas impuestos por el FMI y el BM. Sin embargo, el aumento de la población urbana continuará, provocando un círculo vicioso de emigración hacia las ciudades, decreciente empleo formal, caída de salarios y deterioro de los servicios públicos. El enorme crecimiento de los suburbios, generalmente en torno a las vías de comunicación, se caracteriza por la falta de equipamientos urbanísticos y sociales, la autoconstrucción con materiales de desecho y el hacinamiento. En Pikine (Dakar) nos encontramos la confluencia de dos éxodos: el rural, ante la degradación de las condiciones de vida en el campo; y el de población expulsada de los barrios obreros de la ciudad, que termina ubicándose en los suburbios empobrecidos.8
La ofensiva contra la producción campesina y el éxodo rural •32 33• La ofensiva contra la producción campesina y el éxodo rural Las condiciones de vida en las ciudades africanas son cada vez más degradantes. El estado funciona como operador de los intereses del capital, expulsando y desplazando poblaciones en función de las necesidades de la modernización: construcción de autopistas, de complejos de lujo…9 Los suburbios se asientan en muchas ocasiones junto a industrias altamente contaminantes, deslocalizadas desde los países centrales: plantas químicas, refinerías, oleoductos… La agricultura periurbana, que crece ante la necesidad de combatir el hambre, está también fuertemente contaminada. La mayor parte de las personas que llegan a las ciudades tratan de sobrevivir trabajando en el sector informal. Las instituciones internacionales hacen de la necesidad virtud y analizan el sector como una vía para la incorporación de la población a la economía formal. Por ello ponen el acento en la ayuda al desarrollo en forma de microcréditos que impulsen el microemprendimiento. Sin embargo, es necesario distinguir la micro-acumulación de la sub-subsistencia.10 Una parte importante de quienes ingresan en el sector informal son despedidos del sector público desmantelado o de las empresas que cierran. Es, por tanto, más un medio de descenso social que un punto de partida para acceder al sector formal. La mayoría de los trabajadores informales no son autónomos, sino que trabajan para empresarios que monopolizan determinadas actividades y protegen sus importantes beneficios mediante la violencia y la coerción. La llegada de nuevos pobres al mercado de trabajo impli¬ca la fragmentación del trabajo existente y la disminución de los ingresos per cápita. Formas primitivas de explotación capitalista, como la esclavitud infantil, adquieren de nuevo protagonismo en las ciudades africanas.11 En este contexto, las mujeres urbanas sostienen buena parte de la crisis sobre sus espaldas. Tienen que trabajar más duro tanto en los cuidados de la familia como en los tramos más precarios del sector informal: comercio callejero, prostitución, servicio doméstico… Mientras, el Banco Mundial combina la retórica seudofeminista de empoderamiento de las mujeres con el desmantelamiento y privatización de los sistemas públicos de salud y educación.La vulnerabilidad de los pobres y la lucha diaria por la supervi¬vencia erosionan los vínculos sociales de apoyo mutuo y contri¬buyen al individualismo neoliberal. La progresiva disolución de las solidaridades familiares y comunitarias y el desarraigo son el caldo de cultivo para la interiorización del modelo de vida occidental. Los medios de comunicación occidentales, y no “las mafias”, son quienes venden a la población el paraíso capitalista europeo, convirtiéndose en poderosos instrumentos de penetración cultural.•
La nueva estratégia imperialista en África y la carrera por el petróleo. La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo de ÁFRICA SUFRE a la vez la explotación capitalista y la marginación del sistema. El capitalismo imperialista no necesita en África de una fuerte estructura social, económica y política. A quince o veinte años del inicio del ajuste estructural en el que se han visto y se ven atrapados los países africanos ante la condicionalidad de las ayudas, se ha creado el clima adecuado para hacer negocios.1 Un ejemplo de ello es que los beneficios de las inversiones direc¬tas norteamericanas en África son más altos que en cualquier otra región del mundo. Estas oportunidades son especialmente relevan¬tes en el negocio del petróleo, del gas natural y de otras industrias extractivas, debido a la enorme riqueza en recursos minerales del continente y las expectativas de encontrar nuevas e importantes reservas. Los estados solamente tienen relevancia para garantizar la seguridad y las infraestructuras de transporte necesarias para sacar del país las mercancías. Las posibilidades de obtener beneficios se extienden también al terreno de la explotación de productos agrícolas de exportación; a algunas manufacturas de bajo coste para los mercados locales (cerveza, refrescos, plásticos, cementos) y a algunas otras (sobre todo textiles) deslocalizadas por firmas transnacionales, que aprovecharon los acuerdos de Lomé con la UE para obtener un acceso privilegiado al mercado europeo. A otra escala, los sectores de la construcción, el transporte, los negocios de importación-exportación o el turismo ofrecen también opciones de enriquecimiento. Y además de estas actividades, se encuentran los negocios ilegales: el tráfico de diamantes, de armas o de drogas genera enormes beneficios.2La otra cara de la misma moneda es la miseria generalizada, la extensión del SIDA, las millones de personas desplazadas, el hambre o la mortalidad infantil. Este proceso de degradación de las con¬diciones de vida es extensivo a países que tienen unos resultados macroeconómicos mejores, por ser exportadores, a través de las multinacionales, de minerales cotizados en el mercado mundial.
La penetración económica y militar de Estados Unidos en el África Subsahariana. Elemento clave en este proceso es el papel de la principal potencia capitalista, Estados Unidos. La nueva estrategia imperialista norte¬americana, justificada en el 11-S y la guerra contra el terrorismo, res¬ponde a las necesidades de expansión del capital norteamericano, al debilitamiento relativo de su hegemonía económica y a la necesidad de garantizar su suministro energético. Ante las enormes dificul¬tades que se está encontrando en Oriente Medio, Estados Unidos está tratando de aprovechar su indiscutible hegemonía militar para tomar posiciones en África, especialmente en países productores de petróleo y que tienen importantes reservas inexploradas. En 2002 Estados Unidos estableció una base militar permanente en Djibouti, estratégicamente situada en el paso hacia el Mar Rojo, por donde circula un cuarto de la producción mundial de petróleo, y cercana al oleoducto sudanés. La importancia de esta región explica el largo período de presencia militar francesa en Djibouti y en Abeche (Chad), cerca de la frontera sudanesa.3 Ex¬ceptuando esta base militar en el Cuerno de África, la penetración militar estadounidense se realiza desde sus posiciones en Europa. La Iniciativa Pan Sahel (IPS, 2002), enmarcada en la lucha contra el
terrorismo y coordinada por el Mando Europeo de Estados Unidos, tiene como objetivo equipar, entrenar y coordinar a las fuerzas de seguridad de Mauritania, Mali, Chad y Níger, así como incrementar la cooperación militar con Marruecos, Argelia y Túnez. La Iniciativa incluye la organización de patrullas conjuntas y una cláusula de ayuda automática en caso de ataque terrorista, así como la instala¬ción de bases estadounidenses en la zona. En Taamanrasset (Argelia) se instala una base de escuchas electrónicas integrada en la Red Echelon, mientras se negocia con Senegal y Uganda la instalación de bases logísticas para la aviación norteamericana. El Mando Europeo de Estados Unidos ha incrementado sus¬tancialmente su presencia militar en el Golfo de Guinea y sus alrededores, desde Costa de Marfil hasta Angola. Planea además la construcción de una base naval en Santo Tomé y Príncipe. Países como Nigeria y Angola han recibido 300 millones de dólares en el período 2002-2004 en concepto de asistencia militar y ambos, junto a Camerún, Chad, Gabón y Congo-Brazzaville, están en el Programa de Artículos Excedentes de Defensa del Pentágono. Entre las prio¬ridades de la estrategia preventiva antiterrorista figuran también Sudáfrica, Gabón, Etiopía, Uganda y Kenya. La presencia militar abre el camino a las multinacionales norte¬americanas. En mayo de 2000 el Congreso norteamericano aprobó la Ley de Crecimiento y Oportunidad Africana (AGOA por sus siglas en inglés).4 Se trata de una iniciativa para promover el libre comercio, es decir, la penetración de los productos norteamericanos en los mercados africanos. Paralelamente, varios de los principales aliados estadounidenses en el continente –Sudáfrica, Nigeria, Senegal– im¬pulsaron en 2001 la Nueva Asociación para el Desarrollo de África (NEPAD). Esta nueva entidad africana se inspira en los documentos elaborados desde fuera de África por las instituciones financieras y los países centrales en el período 1993-2000, reproduciendo la subordinación del continente a los intereses del capitalismo me¬diante el libre mercado.5En 2001 el Grupo Nacional de Desarrollo de Políticas de Energía, dirigido por el vicepresidente Dick Cheney, elaboró un informe sobre Política Nacional de Energía que afirmaba que África iba a ser “una de las fuentes de petróleo y gas para EE.UU. de crecimiento más rápido”. Otro informe del Consejo Nacional de Inteligencia titulado Tendencias globales calculaba que para el año 2015 una cuarta parte de las importaciones de petróleo vendrían de África.6 En el año 2001 el petróleo procedente del África Subsahariana ya alcanzó el 16 por ciento del consumido por EE.UU. Este renovado interés por el petróleo, el gas y otros recursos na¬turales africanos tiene que ver con la resistencia popular que Estados Unidos está sufriendo en Oriente Medio. La política de guerras preventivas puesta en marcha tras el 11-S de 2001, concretada en la ocupación de Afganistán y de Irak, se ha encontrado con una opo¬sición no calculada por los estrategas militares norteamericanos, lo que está dificultando los negocios de las multinacionales norteame¬ricanas en la zona. La situación se complica aún más para Estados Unidos tras el fracaso de su principal aliado en la zona, Israel, en su reciente ocupación del Líbano. En las recientes elecciones nor¬teamericanas se ha comenzado a barajar abiertamente una posible retirada de las tropas norteamericanas de Irak, que en los últimos meses han sufrido bajas cada vez más importantes. La trascendencia del petróleo para la economía estadounidense (dos quintas partes de la provisión energética del país), acentuada
La nueva estratégia imperialista en África y la carrera por el petróleo. La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo por la dependencia del petróleo para el funcionamiento de la ma¬quinaria bélica, explica la necesidad de encontrar nuevas regiones de abastecimiento, una vez que las reservas propias están en fase de agotamiento y la base geológica ha sido explorada en su totalidad. Las perspectivas de elevadas reservas de petróleo en la plataforma marítima atlántica africana la convierten en una alternativa parcial a Oriente Medio. Se trata de un petróleo de alta calidad, por su bajo contenido en azufre. Los países productores, a excepción de Nigeria, no forman parte de la Organización de Países Productores y Expor¬tadores de Petróleo (OPEP), por lo que no están sujetos a los límites de producción coordinados por el cartel. El interés de las compañías transnacionales norteamericanas se centra en los siguientes países: Nigeria, Sudán, Angola, Guinea Ecuatorial, Chad, Camerún, Santo Tomé y Príncipe y República del Congo.
El acuerdo de Cotonou entre la UE y los países africanos: la subordinación a la OMC. La presencia creciente de Estados Unidos en África entra en com¬petencia con la histórica subordinación de los países africanos a las antiguas metrópolis europeas, responsables de la construcción del modelo neocolonial. Europa Occidental se resiste a ser desplazada del continente africano. La Estrategia de la UE para África resalta el vínculo histórico entre ambos continentes y recuerda que la UE es el principal socio comercial de los países africanos y el receptor del 85 por ciento de las exportaciones africanas de algodón, frutas y hortalizas. Desde sus orígenes la Comunidad Europea estableció diversos acuerdos con los países africanos, integrados en el Grupo África, Caribe y Pacífico (ACP).8 Los acuerdos permitían a estos países un acceso preferencial a los mercados europeos, siempre que no se tra¬tase de productos competitivos con los impulsados por la PAC. Esta relación comercial profundiza el modelo exportador de materias primas agrarias y minerales, que además sufren un deterioro con¬tinuo de sus precios respecto a los productos industriales.9Dichos acuerdos preferenciales eran progresivamente erosionados por las normas de libre comercio de la Organización Mundial de Comercio (OMC). En 1996 la Unión Europea publica el Libro Verde sobre las relaciones de la UE con los países ACP. En dicho Libro se realiza una valoración de los acuerdos de Lomé y se prepara el terreno para la firma del nuevo Acuerdo de Cotonou (2000).10 Para esta modi¬ficación se utilizan diversos argumentos: por una parte, la fuerte disminución de las exportaciones africanas a los mercados europeos, constituyendo tan sólo el tres por ciento del total de las importacio¬nes europeas; por otra, las fuertes diferencias económicas dentro de África, lo que exige, según la UE, mecanismos diferenciados para los diversos países y regiones; por último, el argumento legal, es decir, la necesidad de adaptarse a las normas impuestas por la OMC. Los acuerdos de Lomé no impugnaban el modelo de exportación de materias primas de los países africanos y tan sólo paliaban par¬
7 Ver JOZÉ BAPE (ED): El bombero pirómano. La actuación criminal de Francia en el África contemporánea.
8 La cronología de los acuerdos entre la CE y la ACP es: asociación otorgada por el Tratado de Roma (1957) a países africanos que aún son colonias; Convención de Yaundé I (1963); Convención de Yaundé II (1969); Convenio de Lomé I (1975-80); Convenio de Lomé II (1981-1985); Convenio de Lomé III (1986-1990); Convenio de Lomé IV (1991-1995); Acuerdo de Mauricio (1996-2000); y Acuerdo de Cotonou (2000-2020).
La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo •40 41• La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo especialmente la erosión de los términos de intercambio entre Europa y África. Sin embargo, el Acuerdo de Cotonou es un salto cualitativo en los procesos de subordinación de los países africanos a los inte¬reses de los centros desarrollados, en este caso de la UE. El Acuerdo implica el fin de la negociación conjunta con todos los países del grupo ACP (48 de ellos africanos). A partir de ahora, las negociaciones se realizarán por bloques regionales o incluso por países. Aquellos países que no firmen Acuerdos de Asociación Econó¬mica con la UE (es decir, acuerdos de libre comercio), perderán su situación preferencial con Europa. La lógica que subyace a esta di¬námica es la erosión del poder de negociación de los países africanos y la oportunidad para la UE de establecer relaciones más estrechas con aquellos países más interesantes para hacer negocios: los que tienen materias primas valiosas y mercados potenciales para las mercancías europeas. Con dichos países o con bloques regionales en los que están integrados se negociarán dichos tratados de libre comercio hasta el año 2008, en el que entrarán en vigor. Mientras esto sucede se mantendrán la mayor parte de las disposiciones de Lomé IV. El acuerdo compromete al cumplimiento del Acuerdo de Dere¬chos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (TRIPS) de la OMC, fuertemente combatido por los países periféricos, ya que implica la perpetuación del monopolio tecnológico de las transna¬cionales y el pirateo del conocimiento tradicional de las sociedades periféricas por las compañías extranjeras. A ello se añade el compromiso arrancado a los países africanos de otorgar el mismo acceso al mercado interno a las compañías europeas que a las nacionales, sobre todo en sectores estratégicos como el de las privatizaciones de las empresas públicas. Parece que la segunda colonización de América Latina por el capital español y europeo, impulsada por los gobiernos españoles y aplaudida por las corporaciones mediáticas, se extiende al resto de los países co¬lonizados. Se trata en realidad de una reedición del fallido Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), frenado por la movilización social contra sus contenidos. La liberalización de las inversiones supon¬drá además la concentración de la misma en la UE y en los países africanos de mayor dinamismo. El acuerdo de Cotonou es un atentado contra la seguridad y la soberanía alimentarias11 de los países africanos. Los escasos meca¬nismos estabilizadores de los ingresos por exportación vigentes en Lomé son derogados. La ampliación de las posibilidades de inversión provocará la huida de capitales de la producción alimentaria a otras actividades más rentables y de menor riesgo. La retórica de apoyo a las mujeres en el acceso a la tierra y al crédito contrasta con todo el apoyo infraestructural dirigido a los cultivos comerciales, cuando las mujeres son las que sostienen la agricultura familiar de autosub¬sistencia atacada por las ayudas y acuerdos comerciales europeos. La Política Agraria Comunitaria, con sus subsidios encubiertos a la exportación, destruye al pequeño campesinado de Europa y de África, mientras el FMI y el BM impiden a los países africanos subsidiar las pequeñas explotaciones. Los TRIPS de la OMC generan una enorme dependencia de las empresas transnacionales de la agroalimentación, a las que hay que comprar hasta las semillas para la producción de auto subsistencia. En definitiva, las relaciones comerciales entre la Unión Europea y África realimentan las estrategias neocoloniales e imperialistas de las potencias europeas. En el nuevo acuerdo se incluye una cláusula de condicionalidad política, que hace referencia, entre otros aspectos, a la lucha contra el terrorismo, la defensa de la democracia y el con¬trol de la inmigración ilegal. El capitalismo de rostro humano europeo,
11 Frente a la agricultura capitalista, la soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a definir su política agraria y alimentaria para garantizar una alimentación saludable y suficiente para toda la población.
La nueva estratégia imperialista en África y la carrera por el petróleo •42 43• La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo cuando las leyes del mercado son insuficientes, se apoya también en la fuerza militar, aunque no pueda competir con el militarismo nor¬teamericano. De hecho, las potencias europeas, fundamentalmente Gran Bretaña y Francia, cooperan con el ejército estadounidense. Hoy mismo, 28 de noviembre de 2006, en la cumbre de la OTAN en Letonia, debaten estrategias comunes para combatir el terrorismo y garantizar la seguridad energética. Francia es la potencia europea con una mayor presencia militar en el continente africano, con miles de soldados desplegados en Costa de Marfil, Senegal, Gabón, Djibouti, Chad y el Golfo de Guinea. La distribución de las fuerzas militares francesas responde, al igual que la norteamericana, a la geopolítica del petróleo. No olvidemos que la Unión Europea necesita garantizar el suministro fuera de sus fronteras y que se ve afectada por la situación en Oriente Medio y su dependencia del crudo ruso. Finalmente, otra de las herramientas de las potencias occidenta¬les en su estrategia de penetración comercial en África Subsahariana es la deuda externa, a través de las instituciones financieras interna¬cionales –el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– y de agrupaciones de acreedores como el Club de París. Las recientes iniciativas de condonación parcial o total de la deuda externa o de reestructuración de la misma se insertan en la consecución de, al menos, dos objetivos. El primero de ellos es la continuidad del tras¬vase de recursos, a través del establecimiento de niveles sostenibles de deuda. Es decir, se trata de renegociar la deuda con países para los que es imposible afrontarla. El segundo objetivo es establecer un nuevo frente de presión a los países africanos, mediante la con¬dicionalidad de los acuerdos, para forzarles a establecer las políticas económicas funcionales a la penetración occidental. A pesar de la tímida autocrítica del FMI y el BM sobre los efectos de sus planes de ajuste estructural y del mecanismo de la condicionalidad, la nueva Iniciativa para los países empobrecidos altamente endeudados establece una serie de etapas para obtener las condonaciones y reestructu¬raciones de la deuda. Entre las condiciones encontramos las ya conocidas medidas de estabilidad macroeconómica, apertura a los capitales multinacionales, contención del gasto público y reformas estructurales, es decir, la extensión, si cabe, de la precariedad y la miseria de la población.
La participación de China en la carrera por el petróleo. El renovado interés por África no se reduce a las potencias occi¬dentales. Rusia y Japón también tratan de establecer acuerdos que les den acceso a los mercados africanos y, sobre todo, a sus recursos geológicos. Pero el país que ha logrado una mayor presencia en Áfri¬ca en los últimos años es, sin duda, China. El enorme crecimiento de las relaciones económicas y políticas entre China y los países africanos es otro de los factores que explica la toma de posiciones norteamericana y europea en el continente, tanto desde el punto de vista económico como militar. En sus propios documentos, el gobierno chino se encarga de re¬cordar las tradicionales relaciones amistosas entre China y los países africanos. Dicho vínculo se estrechó en la etapa de la posguerra mun¬dial y la Guerra Fría con la participación china en la Conferencia de Bandung (1955) de países no alineados junto a una gran parte de los líderes políticos africanos, en pleno proceso de lucha por la indepen¬dencia. El gobierno chino trata de definir la relación actual en base a los tradicionales lazos de cooperación Sur-Sur, contraponiéndolos al neocolonialismo occidental. De hecho, el enorme incremento de las relaciones comerciales que se ha producido desde la década de los noventa del siglo XX ha incluido un importante incremento de la ayuda al desarrollo (sin condicionantes políticos), la concesión de créditos blandos, las iniciativas de formación, la condonación de diez mil millones de dólares de deuda bilateral, el acceso libre de aranceles para los productos africanos al enorme mercado chino…
La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo •44 45• La nueva estrategia imperialista en África y la carrera por el petróleo La relación es definida como de beneficio mutuo, reciprocidad y aprendizaje recíproco.12 En la reciente cumbre celebrada en Pekín, a la que asistieron cuarenta países africanos, China decidió duplicar la ayuda al desarrollo para el año 2009 y conceder nuevos créditos. La penetración china en África tiene varias dimensiones. La prin¬cipal es su participación en la carrera por el petróleo y otros recursos minerales. El enorme crecimiento de la economía china implica el incremento paralelo de sus necesidades energéticas: un quinto de sus importaciones de petróleo provienen de África. Las compañías petrolíferas chinas han ocupado en primer lugar países no priorita¬rios para Estados Unidos y la Unión Europea, pero la competencia por los recursos es creciente. Por ejemplo, el cincuenta por ciento del petróleo sudanés se exporta hacia China, elemento clave para entender las diferencias de criterio en el seno de la ONU respecto a la intervención en el conflicto bélico en Darfur (Sudán). En 2004 Angola se convirtió en el principal socio energético de China, a cambio de un préstamo de dos mil millones de dólares para la reconstrucción del sistema financiero y obras de infraestructu¬ra.13 También mantiene una política agresiva hacia Nigeria, primer productor petrolífero de África, con quien empresas chinas han firmado importantes contratos para la construcción de autopistas y ferrocarriles; e importa un tercio de la producción total de petróleo de Gabón. El interés chino se extiende a otras materias primas: es el principal consumidor mundial de cobre, que obtiene en Zambia y en la República Democrática del Congo, donde también se nutre de cobalto. Diamantes de Sierra Leona, titanio de Kenya, maderas preciosas de Gabón, Guinea Ecuatorial, Mozambique y Liberia y productos agrícolas y pesqueros son otras de sus importaciones africanas.14Con precios muy bajos y con contrapartidas para los estados en forma de ayuda, condonaciones de deuda y formación, las empresas chinas han logrado importantes contratos para el desarrollo de obras públicas (construcción, transporte). Además algunas manufacturas chinas, como productos electrónicos y textiles, han entrado en los mercados africanos, muchas veces a costa de la débil producción de la industria local.15Sin duda la política de cooperación de China con África difiere de la histórica rapiña realizada por las potencias occidentales en el continente. La presencia china puede permitir a los países africa¬nos un cierto poder de negociación a la hora de llegar a acuerdos económicos. Sin embargo, no debemos olvidar que el modelo de desarrollo orientado a la exportación de las riquezas minerales y agrarias africanas no es impugnado en esta relación; al contrario, se trata de la profundización de dicho modelo en un contexto de creciente competencia intercapit

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